“Imagina que somos gatos”

—Imagínatelo, imagina que somos gatos. Los gatos no responden a un nombre, solo son y se reconocen sin tanto parapeto.

Por un momento pensé que el hombre me dejaría con la mano estirada, pero la atajó en el aire, la volteó y escudriñó mi palma brillante de sudor tras sus lentes de montura cuadrada.

—Si te rompen el corazón, procura que de cada parte te crezcan dos más.

El nudo que sentía en la garganta empezó a quemar como si acabaran de rociarlo con ácido.

—No sé si pueda hacer eso —confesé con dificultad.

Detrás de nosotros se extendían las escaleras de El Calvario. La gente nos dedicaba miradas curiosas y en el aire repicaban unos corneteos aislados. Supongo que debíamos ofrecer una estampa peculiar: el hombre era alto y jorobado, con el cabello castaño claro y una barba descuidada. Los ojos oscuros le difuminaban las pupilas, así que verlo directamente producía la sensación de caer en un pozo sin fondo.

Yo, por mi parte, soy lo bastante pequeña para que me suelten chistes sobre minions y con la mano extendida y unas lágrimas resecas sobre los cachetes debía mostrar una falsa actitud de niña reprendida.

—No me gustan los gatos —dije, después de una pausa que se había prolongado de más.

El hombre seguía sosteniendo mi mano. Esbozó una sonrisa que le hizo descubrir un par de dientes careados. No me asusté, no sentí deseos de apartarme. Hasta el sol de hoy no he sido capaz de explicarme cómo asimilé con tanta naturalidad aquel encuentro.

—Ah, pero podrías aprender de ellos. Los gatos no tienen dueño, tampoco lo buscan. ¿Por qué lo haces tú, pues?

Entonces, con una inclinación de cabeza. Me soltó y siguió su camino. Lo vi andar despacio, como si su cuerpo pesara dos veces más de lo normal. Toqué mi teléfono escondido en el bolsillo del suéter, el botín que, pensé, buscaba aquel desconocido cuando me abordó en pleno llanto de magdalena mientras yo escuchaba el buzón de voz.

Puede que él no lo sepa nunca pero me salvó, y aunque no tengo un nombre con el cual invocarlo, regreso a sus palabras cuando las cosas se ponen feas… e imagino que soy un gato.

—Yami Aguirre

Caracas. Un día del mes de julio de 2017.

Collage: Altered Book Arts

 

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